miércoles, 26 de diciembre de 2007

Relatos de la alameda.-


Cristina baja de su auto y comienza a caminar, las calles le parecen vacías, pues ya no ve nada, se empieza a sumergir en ese mar de almas. Se pierdes entre la multitud. Nos volvemos a encontrar, ella me sonríe - que extraño sonreir a alguien que no conoces pero que a la vista te parece agradable - yo sonrío, segundos, sigo caminando y Cristina entra a una tienda de antiguedades, recorriendo esas altas estanterias le llama la atención un reloj de madera de Alamo, pero no se tienta, el tiempo no es algo que le parece necesario, ni mucho menos eficaz. Se asoma a la siguiente estanteria y encuentra una figura de porcelana realmente atractiva, un angel que aprieta una serptiente con su mano mientras que con la otra apunta al cielo. No piensa, la coge, la paga, se va. Sumergida en el mar de entes, llega a su auto, se sube y se va.

Caminaron juntos hasta la estación, él la toma por la cintura, ella se safa. -llámame cuando llegues- miró con negación mientras escuchaba las últimas palabras que él repetía una y otra vez- -llámame cuando llegues, llámame cuando llegues- y la puerta se cerró. Gracias a Dios, ella murmuró. Lastima que su cafiche luego se enteró de su traición. -Sabía que esas mamadas ya no eran las mismas- balbució mientras comía su graciento pollo. Partió a la casa de su prostituta personal, sin darse cuenta ella estaba a manos de un puñal y unos cuantos gargajos para una mayor humillación. Se fue satisfecho.

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