La habitación estaba encendida, encandilaba su claridad, segui caminando hacia el gran ventanal, de él irradiaban esos rayos luminosos. Abrí la ventana y las cortinas blancas comenzaron a bailar indicandome que el viento venía a mi voluntad. Aturdida en silencio retrocedí. Las escaleras, viejas, sonaban mientras yo bajaba corriendo desde lo alto, era el sonido de la desesperación. Esas maderas rechinantes estaban para mí, sólo para mí. Al llegar al final del corredor, con mis latidos aún recuperándose del estupor. Y desperté.
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