Rara vez friccioné mis senos en su piel tersa, jamás frágil. Tuve la noción de enfatizar mis actos desnuda, pero no, no se dejó. Cero que mis apresurados gemidos crearon en ella un desdén. Sus manos, mis llagas. Cuando a penas me tocó tuve la impresión de que ya había sido mía. Había estado ahí, había tocado esa estatuilla que se encontraba en el pasillo, justo en la ante sala. De sus besos poco me acuerdo, tenían un sabor amargo, estrepitosos como sus labios mientras succionaba mis pechos.
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