martes, 2 de noviembre de 2010

Una tarde como ayer.




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Anoche, cuando estábamos en la azotea, pude enganchar unas imágenes. Más allá de lo maravilloso que es enfrentarse a una inmensidad, es el hecho de que ella sea tan tuya, pero que ahora parezca tan ajena ante tus ojos, luego de haberte emancipado e insertado en un paisaje donde todos los edificios son reemplazados por árboles y tierra.
Esa asombrosa conexión con la naturaleza, que si bien no te libera del todo, te tranquiliza y ayuda.
No digo pues, que Santiago sólo sea frenesí -de hecho aquí sería más fácil cumplir mi cometido- en el ambiente existe una locura, pero una locura aceptable, compartida. Es la alegría iracunda de los borrachos, jóvenes libres de apatía, travestis en busca de sueños, hombres gordos que no saben en qué gastar su fortuna, 6 millones de corazones latiendo sin parar mientras las luces titilan. Y nosotros, tres almas mirando hacia adelante, un corazón lleno, uno a medio llenar y el último tan vacío como el hueco de los labios que se pudren en cada esquina de esta gran ciudad.
El anhelo desesperado que me grita mientras contemplo este paisaje -no cultural, no una selva, no un bosque, sino una ciudad- lo acallo, con un sorbo de cerveza, una calada y una sonrisa. Es así pues, los días como hoy son muchos, cada noche el cielo se contenta con esta escena y a mí al menos, me ha quedado en la retina un buen momento.
- Ves que se puede Ignacia.
[ Las pupilas se agrandan ]

Ya es hora de partir. Gracias, ha sido un placer.

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